Eldir hijo de Liam

By Andrea V. Luna

Magical realism, Literary fiction, Fantasy, General fiction

Paperback, eBook

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Puño de hierro

Eldir hijo de Liam infló sus pulmones con el aire fresco de la madrugada y cerró los ojos intentando concentrarse en alguna plegaria, sin que ninguna le llegara a las mientes. Se quitó los guanteletes con desgano y se retiró la capa hacia atrás. Se pasó la diestra, ahora desnuda, por la cara intentando liberarse de la sensación de que esa no sería una buena jornada. Sobre su cabeza vio lo peor que un guerrero puede notar antes o después de una batalla: una bandada de buitres hambrientos que, a lo lejos, casi en la línea del horizonte, volaba en círculos sobre los muertos que quedaban todavía allí, en el campo del honor, desde las últimas horas de la noche o del día anterior: ya había perdido la cuenta.
Normalmente de porte altanero, mirada astuta aunque serena y noble, gesto retraído y pocas palabras, no vacilaba a la hora de escrutar su entorno: hombres, mujeres, niños, animales, terreno, clima… todo era absorbido por su mente prodigiosa y entrenada para las batallas más irreverentes.
Instintivamente, levantó el rostro buscando el suave calor de algún osado rayo de sol. Una garúa naciente se concentró en juguetear con un mechón de cabello que le caía sobre la frente y fue creciendo hasta parecer sudor o lágrimas. Nadie hubiera notado, en realidad, la diferencia.
Volvió a suspirar.
Apretó los dientes con fuerza sin que ese movimiento se percibiera en sus labios: temía que los demás lo vieran y creyeran que ese era un gesto de duda. Nada más lejos: sus convicciones estaban intactas y su valor en cada poro de la piel como siempre o como nunca antes. Sin embargo, nadie le quitaba de la mente la sensación de que las horas de aquella noche habían transcurrido llenas de malos presagios.
A lo lejos, los primeros rayos de sol se asomaban con porte victorioso haciéndole relumbrar el peto y las hombreras: nunca usaba guardabrazos ni cota. Como parte de un ritual que llevaba solo él después de cada batalla, desenfundó la espada, la clavó en el suelo y dejó que la luz de la mañana la bañara en bendiciones. Balbuceó palabras sueltas de la antigua plegaria que todavía, sin saber por qué, no podía recordar.
Hacía frío, un frío húmedo que le helaba la sangre y le producía un dolor indecible en el rostro. “¿Cuándo acabará?” Hacía algunos años había resultado herido en combate y, como resultado, una tremenda cicatriz le cruzaba la cara por el lado izquierdo bajando desde la frente hasta partirle la ceja y el labio superior; no era tan profunda, pero le daba un aire de arrogante invencibilidad. Le dolía como mil demonios martillando a un alma en los infiernos más bajos, pero el que se lo hizo, nunca disfrutó de ello: había matado al maldito atravesándolo de lado a lado. Demasiados años llevaba la guerra y comenzaba a cansarse del olor a sangre fresca, cuerpos podridos y estiércol; del olor al miedo y al delirio sudoroso; del pan mohoso y la mugre de las ratas. De no encontrar una dama a quien amar, no meras prostitutas; de no recordar el rostro de sus padres.
Para peor, por alguna razón que no podía comprender, sentía que estaba del lado equivocado del asunto, aunque los vericuetos políticos nunca fueron su fuerte.
Dejó que la noche de estrellas escondidas tras un tenue manto de nubes se retirara con toda parsimonia y que la brisa matutina se hiciera dueña de su tiempo a solas. Quería alejarse del mundo, pero el mundo lo perseguía.
Alguien enterró una alabarda justo al lado de la hoja de su espada.
–Te lastimaron, hermano.
–No es mi sangre la que llevo en las manos –un dejo de tristeza casi imperceptible vibró con su voz lejana.
Conrad, el hijo mayor de Liam, el heredero, veía al frente, donde la noche se iba bañada de violetas. Sabía (siempre lo supo) qué le ocurría al otro sin siquiera mirarlo, incluso de niños, incluso cuando nadie más podía, incluso de noche y con las luces apagadas.
–Ve a que te curen. Hablaremos después.
Sin darse cuenta Eldir, de su hombro escurría un hilo de sangre que ya manchaba el suelo a su lado. No sentía molestia, en realidad hacía mucho que su umbral de dolor estaba más allá de su propia conciencia: era un militar entrenado y su cuerpo había recibido magulladuras, golpes, fracturas y heridas de diversa gravedad; se había acostumbrado a soportarlo todo sin expresar nada: “Un caballero se mantiene inconmovible ante el sufrimiento propio y dispuesto ante el ajeno”, les había enseñado su padre y ellos tenían esas palabras como ley.
Eldir era rubio, pero la primera travesura de la luz crepuscular, ayudada por los restos de la sangre de sus enemigos que bañaban su cabeza, lo hacía parecer pelirrojo… y a Conrad eso le molestaba. Hizo una mueca.
Amanecía y el sol cobraba fuerza templándoles los rostros cansinos.
–Dicen que los cazadores están cerca, Eldir. ¿Qué hay de tus hombres?
Conrad había apretado los párpados con gesto resignado: sabía que su hermano ya no estaba allí. Escuchó pasos alejándose, ropajes cayendo al suelo húmedo, una carrerilla y un chapuzón. Cuando se dio la vuelta, su hermano nadaba completamente desnudo en el riacho que corría sereno cien metros detrás del lugar donde momentos antes habían estado observando el amanecer.
–Todavía demasiado díscolo –dijo en voz alta y fue hacia él con paso resignado.
Deseaba, de manera casi desesperada, echarse a dormir pero aún faltaba para eso. Se sentía sucio y asqueado: hacía mucho tiempo que ambos habían llegado a la desesperante conclusión de que las batallas les destrozaban el alma. Si los aedos cantaban las glorias de las guerras, ellos podían dar fe de su espanto, de los terrores sufridos a solas incluso por los más valientes, de las pesadillas.
De los dos hermanos, sin dudas el más fuerte era Eldir… era capaz de hazañas que ningún otro soñaría con imitar. De un tamaño mayor al promedio, sus enemigos lo veían como un gigante y sus hombres como una inspiración divina: los primeros huían al verlo y los segundos, solo se atrevían a reverenciarlo y a seguir sus órdenes sin cuestionamientos. Sin embargo, era también el más hastiado de esa situación. Lo observó nadar mientras colocaba las armas, que había recogido momentos antes, junto a las ropas de su hermano. Se sentó en la orilla y jugueteó con la mano en el agua helada del recodo.
–¿Vienes?
–No: hace frío. Y no me niegues tu herida.
–Es solo un rasguño, ¿ves?
Un corte de medio palmo fue exhibido con desparpajo y una mueca que quiso ser sonrisa; no sangraba: el agua helada había detenido la hemorragia. Conrad observó con un dejo de congoja en su corazón cómo las ya incontables batallas habían hecho mella en el cuerpo de su hermano más pequeño, dejándole marcas imborrables. Había sido testigo de muchas de ellas. Perdió el aliento por unos instantes al recordar la peor de todas, la que le había dejado el rostro destruido para siempre, porque eternamente se sentiría culpable por ella: habiendo resultado herido y encontrándose caído, quisieron acabarlo de una última y terrible estocada, pero Eldir se había interpuesto haciendo de escudo vivo y sangrante y lo había sacado de allí, aun desfalleciente por la impresión de semejante herida. No, nunca había estado de acuerdo con la educación que ambos habían recibido: Conrad era el príncipe heredero y Eldir debía salvaguardarlo aun a costa de su propia vida; forzado a un entrenamiento inhumano, a torturas indecibles y a los castigos más crueles todo en pos de convertirse en el protector siempre victorioso del reino, grabando a dolor y sangre el coraje y la determinación para entregar su vida por la causa que le indicaran.
Maldita guerra.
Se sentía asqueado e impotente: los hombres, buenos hombres, seguían muriendo y su propio hermano era el más expuesto de todos, y no sabía si podría evitarlo. Sí, maldita guerra, maldito su reino aguerrido y… sí, maldito su padre por no ser capaz de evitar tanto sufrimiento.
¿Por qué causa había sido la disputa? Tal vez nadie lo recordara ya, no después de ochenta y tantos años. Estúpida guerra.
Comenzaba a sentir demasiado frío. Pronto descubrió que su capa de lana no le era suficiente. El alba había bajado la temperatura y no estaba listo para soportarlo. No alcanzaban ni alcanzarían los rayos del sol ese día para calentar el ambiente y evitar que volviera a nevar. Estaba aterido y su hermano seguía en el agua. ¿No sentía frío? No, seguramente no.
–¿Quieres salir de ahí? Vas a enfermarte.
“No, no lo hará”, pensó. “Nunca ha estado enfermo”. Necesitaba convencerlo de irse de allí y buscar un lugar más apacible, más cálido: su tienda de campaña sería suficiente.
–¿Quieres comer pescado?
–¡Eldir!
–¡Wow! Algo me tomó del tobillo –dijo saliendo del riacho por la orilla opuesta.
–Seguro fueron ondinas. ¿Qué haces allí? Das un espectáculo desagradable.
–Desagradable fue lo que sentí. Y no ha sido una sirena: no existen, son cuentos de marinos.
–No hablé de sirenas. ¡Regresa!
–Las ondinas tampoco existen. ¿Acaso eres un hombre simple?
Miró el agua escrutando cada leve movimiento, cada onda o cada remolino; se aproximó a la orilla y se preparó para saltar y cruzar a nado hacia donde su hermano lo miraba con gesto de desaprobación. Siempre le causaba gracia eso y solía provocarlo: le hizo una reverencia seguida de un gesto obsceno. Rio de buena gana. Por un momento, eso le hizo olvidar los espantos que había visto… y los que había provocado. En ese punto, volvió a sentirse apesadumbrado y una marea de sentimientos fue llenando su corazón hasta que unas lágrimas amargas, más saladas que el mismo mar, turbaron sus ojos celestes más claros que el agua cristalina de la lluvia, y cayeron por sus mejillas agolpándose en la cicatriz que le hendía el rostro. Esperó en el cielo y por todas las deidades que alguna vez hayan existido que su hermano no lo hubiera visto.
–¿Crees que del otro lado del mundo las cosas son como aquí?
Con cada instante en que Conrad demoraba su respuesta el corazón de su hermano se resquebrajaba con la misma congoja que no lo dejaba dormir por las noches aunque su cuerpo y su mente estuvieran rendidos de tanto batallar.
–Sí –dijo finalmente–. ¿Qué más da? No podemos escapar de nuestro propio destino ni dejar de ser quienes somos.
El frío se trasladó también a su espíritu, y hubo silencio.
Lo que sí vio fue horrible.
Comenzó a caer una pequeña llovizna que pronto se convirtió en nevisca.
–Por todos los dioses, hermano, ¿quieres regresar?
Eldir se acercó a la orilla y se agachó a recoger algo: semienterrada en el lodo y oculta por la grava se encontraba una gema roja como la sangre que destellaba en dorados y platas.
–¡Mira! Haré que la engarcen y se la regalaré a Madre –la voz se le quebró en las últimas sílabas.
Conrad cerró los ojos con fuerza intentando dilucidar si su hermano era demasiado inocente o si no quería aceptar el actual estado de las cosas. Su corazón le dictaba palabras de amargura al presentir que la guerra aquella no terminaría nunca y que no regresarían jamás a su hogar.
–Eldir, vuelve por favor: necesitas descansar.
Apretó con la diestra su pequeño tesoro y, asintiendo, se dispuso a meterse nuevamente en el arroyo. Pero no consiguió hacerlo: una fuerza extraordinaria, como nunca antes sintiera, lo prendió por los tobillos haciéndolo caer violentamente de rodillas.
El mundo fue testigo, entonces, de un prodigio, el único visto en cientos de generaciones. Unos como haces de luces recorrieron su cuerpo, marcándolo a fuego con ribetes y figuras indescifrables. El olor a carne humana quemada y a esencias dulces venidas de algún sitio sin nombre se expandió por la atmósfera llegando hasta Conrad, a quien todos llamaban el Prudente; con los ojos desorbitados por el espanto, y por primera vez en su vida, el heredero no supo qué hacer.
Las inmortales luces del crepúsculo se diluyeron en un cielo gris de soledades y ánimos perdidos permitiéndole a una bruma nacarada asomarse con precaria timidez.
Conrad tomó su arma.
Más allá de la línea del horizonte, donde las Tierras Bajas ganan en altura y pierden en fertilidad, una manada de lobos hambrientos comenzó a aullar con la melancolía que solo la ausencia de la luna podía darles cuando Eldir empezó a gritar y a gruñir de dolor.
La fuerza que lo sujetaba a la tierra mutó en una que lo repelía, elevándolo por el aire mientras el joven parecía incendiarse de dentro hacia afuera siguiendo las líneas del extraño diseño que se diseminaba por su piel desnuda.
–¡Eldir! ¡Eldir!
Empuñando la alabarda con destreza, tuvo la intención de utilizarla por el lado del gancho para atraer a su hermano: “Si me acerco lo suficiente podré rescatarlo aunque lo lastime un poco”, pensó. Se acercó con sigilo, midiendo con cada paso y con la pica hacia adelante, cuánto le faltaría para lograr su propósito.
–Te debo esto. Voy a sacarte de ahí.
Pero no pudo dar un paso más: las piernas le temblaron como nunca antes cuando unas palabras como cánticos ceremoniales se alzaron desde la tierra o el agua o el cielo, e inundaron la atmósfera que los rodeaba con fragancias a flores frescas como las del jardín real que tanto adoraba su madre, allá en su hogar tan lejano. Tampoco pudo entender qué decían o si, en verdad decían algo. No supo si el lenguaje que representaban era humano o si alguna deidad desconocida se presentaba ante ellos buscando como ofrenda al mejor de los dos.
Eldir volvió a gritar hasta que el silencio fue lo único capaz de salir de sus cuerdas vocales. Una mueca de dolor inimaginable rompió su gesto siempre tan sereno. Todo en torno enmudeció con él, incluso las voces que los envolvían como si esa última demostración de dolor hubiera marcado el final o el comienzo de algo.
A lo lejos, cuando el disco del sol se levantó lo suficiente como para que el horizonte recordara perfilar valles y montañas, unos jóvenes, fieles escuderos, conocieron en el interior de sus entrañas que debían salir presurosos a socorrer a sus amos.
La misma fuerza que se percibía en el aire incendió un viento que se arremolinó en torno al joven que ahora levitaba sobre las aguas que se habían vuelto turbulentas. Jadeaba, agotado por los intensos dolores mientras sus gemidos se perdían con el viento frío del norte. No tardó en desfallecer. Su mano perdió la fuerza con la que asía la gema hasta que ya no le fue posible sujetarla; sin embargo ésta no cayó, sino que fue a ubicarse frente al más pequeño de los príncipes de las Tierras Bajas del Norte iluminando su rostro con tonos carmesíes. Luego, como si todo fuera producto de la imaginación de Conrad, los haces de luces se corporizaron en hilos dorados y plateados que envolvieron la diestra de Eldir hasta formar un brazalete de compactos arabescos barrocos coronados por el mágico rubí.
Por último, lenta, demasiado lentamente, fue llevado hasta donde su hermano imploraba por él. La naturaleza se calmó dejando a los elementos tomar sus propias decisiones: los sonidos regresaron, los vientos dejaron de arremolinarse y las aguas se serenaron.
Conrad tomó a su protector con amorosa suavidad bajándolo hasta el suelo. Lo envolvió con su propio manto para cobijarlo y darle calor. Ambos temblaban pero Eldir estaba tan helado como la nieve que había comenzado a caer. A duras penas le calzó los pantalones, queriendo salvaguardar su honor, y lo envolvió con la otra capa al tiempo que divisaba, a lo lejos, a dos hombres que se aproximaban: eran sus escuderos.
El joven tembló violentamente en una convulsión que lo hizo quejarse una vez más. Su hermano lo abrazó con fuerza intentando contenerlo para que pudiese soportar tanto sufrimiento, al tiempo que no pudo más que comprobar que respiraba cada vez con mayor dificultad.
Jadeaba.
Se quejaba.
Volvía a jadear en un esfuerzo sobrehumano por llenar de aire sus pulmones.
Desde el valle avanzaban con dificultad los escuderos reales, hombres que apenas dejaban de ser niños, trayendo antorchas y pertrechos de variada índole. Sabía Ulrich que su señor Eldir no aprobaba ser curado frente a la tropa, ni siquiera en su tienda privada, por lo que llevaba algunas vendas y ungüentos para asistirlo allí donde se encontrara: lejos de las miradas del mundo.
Lo que encontraron al llegar no lo hubiera podido imaginar el más talentoso de los juglares ni deseado, de esa manera, el más grande de los enemigos de su reino: Conrad sacudía a su hermano intentando hacer que reaccionara.
Semiinconsciente como estaba, Eldir dio a entender que quería su espada cerca. Los ojos entreabiertos, la mirada perdida.
–Estoy aquí. Quédate conmigo: voy a cuidarte –la voz del príncipe quería darle serenidad, devolverle al menos uno de tantos favores. Sintió en su brazo la mano trémula de quien siempre velara por él, y una sacudida violenta y un último grito… después, silencio.
–Mi señor, mi señor…
Lágrimas desconsoladas comenzaron a caer por el rostro aniñado del escudero del hombre más poderoso del reino. Le habían enseñado a no demostrar sus emociones ante las calamidades de la guerra, pero no sabía cómo contener el mundo de tristeza que le provocaba ver a su gran capitán tendido en el lodo, apenas consolado por su hermano y cubierto por una fina capa de nieve.
–¿Eldir? ¡Eldir! Eldir… Eldir…
Conrad se empeñaba en limpiar el rostro de su hermano con sus propias manos bañadas en las lágrimas de ambos. Su corazón latía a un ritmo inusitado.
La diestra del héroe enfundada en el extraño brazalete, que ahora exudaba tornasoles que se dispersaban y se expandían, se crispó sobre la empuñadura de marfil del arma más noble de todas, y así quedó, como testigo perenne del último aliento del héroe.
Eldir, Puño de Hierro, el guerrero más poderoso de las Tierras Bajas del Norte, el menor de los hijos de Liam el Terrible, el Escudo de Conrad, el capitán invencible, estaba muerto.

Andrea V. Luna
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